Tiempos de fanatismo

Hace unos días vi la película Dunkerque, que narra con un realismo que espanta y angustia, un episodio desgarrador de la Segunda Guerra Mundial, en el que unos 300 mil soldados británicos, franceses y belgas, fueron rescatados del avance del ejército alemán, embarcándolos desde las playas de la ciudad francesa de Dunkerque, hasta la cercana costa inglesa. Fue una evacuación bajo fuego enemigo, en la que participaron muchos civiles que salieron con sus pequeños botes desde los puertos ingleses a salvar a quienes luchaban por la libertad de todos. Muchos quedaron atrás.

Todo sucedió en mayo de 1940. Aún faltaba mucho para el fin de la guerra y la derrota del fascismo nazi; aún faltaba mucho para que el mundo descubriera todo el horror sucedido a nombre de una supuesta supremacía racial, proclamada por ese nacional socialismo que, no olvidemos, llegó al poder con el apoyo de las mayorías.

Solo un día después de ver esta conmovedora película, los terribles símbolos del nazismo, la violencia, los discursos sobre supremacía racial y la irracionalidad, se apoderaron de Charlottersville, una apacible ciudad universitaria del sur de Estados Unidos.

Entre la muerte de Heather Heyer el sábado 12 de agosto de 2017 en Charlottersville en manos de un fanático, y el fin de la Segunda Guerra Mundial han pasado siete décadas. Pero, por lo visto, el horror de la guerra no ha servido de antídoto contra los odios raciales y la irracionalidad. Tristemente, los tiempos de fanatismo han regresado.

En realidad, esa intolerancia de los que piensan que su creencia tiene que ser la de todos; que su fe es la verdadera, o que su manera de vivir es la única aceptable, la estamos viviendo en Panamá hace un tiempo. Y han logrado imponerse a fuerza de miedo, de ignorancia, de mayorías… y ya sabemos lo que pueden hacer las mayorías cuando no analizan, cuando son solo masa fanatizada.

Allí están los jóvenes más vulnerables de nuestra sociedad; esos que no tienen una familia que los proteja y oriente, esos que encuentran en la calle la información que no obtienen en su casa. Esos chicos y chicas siguen a merced de todo tipo de peligros debido a que los grupos religiosos más beligerantes –evangélicos y católicos ortodoxos- han impedido cualquier intento por lograr que se imparta educación en salud sexual y reproductiva en el sistema de educación público.

El resultado es que las cifras de jóvenes embarazadas, violadas, sigue creciendo y perpetuando el ciclo de pobreza y desigualdad. Lo mismo puede decirse de las enfermedades de transmisión sexual que afectan a chicos y chicas. Un estudio del Instituto Gorgas dejó en evidencia cuán urgente es que llegue a sus manos información científica, rigurosa; su nivel de desconocimiento es pavoroso.

Allí está también el debate sobre el matrimonio igualitario, que ha provocado prácticamente una declaración de guerra santa por parte de los grupos religiosos y fanáticos varios, incapaces de analizar el tema desde la perspectiva de la igualdad y la protección de los derechos humanos.

En las discusiones sobre el tema, sorprende el nivel de desconocimiento sobre los procesos históricos y luchas libradas en el pasado por la humanidad. Sorprende que desconozcan el valor de un Estado laico, como el mejor protector de sus creencias y las de todos. Sorprende que las discusiones terminen siempre con el grito de guerra de que “los esperamos en las calles”. Y a la calle han ido, una y otra vez, haciendo alarde de poder; lanzando amenazas; citando textos bíblicos donde destaca el odio y no el amor al prójimo.

El fin de la Segunda Guerra Mundial dejó en evidencia lo que somos capaces de hacer, cuando el fanatismo se apodera de nuestra humanidad. Por eso, los líderes del mundo se pusieron de acuerdo para aprobar un documento que buscaba ser un antídoto contra nuevos peligros de guerra. La Declaración de Derechos Humanos surge en 1948, con la esperanza de “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra… y reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre”. Y las guerras siempre tienen el componente de la imposición de una idea, de una creencia. Las guerras siempre parten de que alguien se cree con el poder para aplastar a quienes piensan distinto.

Hoy son muchos los que parecen haber dejado de lado los principios plasmados en la Declaración de Derechos Humanos, ese instrumento fundamental para la convivencia humana, y utilizan la Biblia, especialmente el Antiguo Testamento, para evaluar cada situación que enfrentan y viven, sin la menor consideración sobre la creencia del otro. Obviamente hablamos de este lado del mundo; ya sabemos a dónde han conducido otros fanatismos religiosos en otras partes del mundo.

No hay duda de que vivimos peligrosos tiempos de fanatismo. Es urgente que nos demos cuenta. Es urgente que reaccionemos.