Patria, bandera... humanidad

Cada lunes durante doce años y de forma invariable, corríamos al patio del colegio a jurarle amor eterno a la bandera panameña, "como símbolo sagrado de nuestra nación". Sin muchas ganas y escondiendo cualquier imperfección en el uniforme, buscábamos nuestro sitio por orden de tamaño, mientras las monjas se aseguraban de que cumpliéramos con el ritual, cantando sin errores el himno nacional.

El ritual de los lunes era uno de esos actos solemnes que alguien se inventa pensando que con ello se fortalece el espíritu ciudadano, pero que, visto lo visto, no parece haber cumplido esa misión. No en vano, cuando se descalifica cualquier acción o gesto por falso, se dice que es un “canto a la bandera”.

Lo cierto es que la bandera ha tenido una gran carga simbólica para los panameños, debido a la lucha histórica por la soberanía, tras nuestro maltrecho nacimiento a la vida republicana. Entre los hitos de esa batalla está la siembra de banderas por los estudiantes en 1958 y, por supuesto, aquel 9 de enero de 1964, cuando la muchachada institutora salió del colegio decidida a izar la bandera en una escuela de ese territorio que nos era ajeno, pero que sabíamos nuestro.

Muchos años y luchas después, la bandera seguía siendo la reina del proceso de recuperación de nuestra tierra. Todos nos emocionamos al verla ondear por primera vez en el mítico Ancón y lloramos aquel 31 de diciembre de 1999, cuando la colina que rodea al edificio de la Administración del Canal se tiñó de rojo, azul y blanco, mientras se escuchaba a Rubén cantar, "bandera, bandera, bandera”.

Diecisiete años después, el tema de la bandera solo surge cada noviembre, cuando algún purista de los muchos que en esta patria hay, se indigna al verla mal colocada, o convertida en vestido, paraguas o maracas, por alguien que nada sabe de absurdas leyes que lo prohíben. Solo en noviembre, el Mes de la Patria y, por supuesto, cuando la Selección Nacional de Fútbol entra en acción, los panameños parece que nos volvemos a unir, aunque sea brevemente, arropados en la bandera nacional.

Todo esto me ha venido a la mente con el despelote catalán y los discursos nacionalistas a ultranza de allá y de acá que, ya se sabe, no suelen traer nada bueno.

Lo que hoy llamamos Panamá fue un lugar de paso desde el momento en que este pedazo de tierra surgió del mar hace tres millones de años -aunque los trabajos de ampliación del Canal produjeron evidencia de que la cosa es más antigua-, permitiendo el intercambio de animales que cruzaron del norte al sur del continente y viceversa, propiciando la rica biodiversidad de América.

A partir de las primeras migraciones humanas que utilizaron por primera vez el nuevo paso surgido del mar, hasta nuestros días del Canal ampliado, hemos sido tierra de paso y de acogida para todos los grupos humanos que hoy forman esa mezcla de razas que somos los habitantes de este país. Eso es cierto, pero con matices nada edificantes.

Desde el inicio mismo de la República, la Constitución de 1904 estableció el concepto de “migraciones prohibidas” para chinos, turcos y sirios. Esa primera prohibición fue luego profundizada en la Constitución de 1941, obra de uno de los hombres más populares que ha habido en este país, Arnulfo Arias Madrid. A partir de la promulgación de esa Constitución, que afortunadamente tuvo corta vida, perdían la nacionalidad panameña los hijos de las llamadas “razas de inmigración prohibida” que hubiesen nacido en Panamá. Esas razas eran “la negra” cuya lengua no fuera el castellano, “la amarilla”, las de la India, Asia Menor y el Norte de África.

Solo hace falta mirar alrededor para ver que, afortunadamente, el talante racista de nuestros primeros gobernantes no se impuso, y Panamá es hoy un crisol de razas que sigue enriqueciéndose con nuevos grupos humanos que vienen a esta tierra a buscar refugio y oportunidades.

Pero cada tanto surgen representantes de ese discurso xenófobo que, como vimos, nos acompaña desde que nos independizamos, y que representa un sentimiento que alimenta un nacionalismo malsano, vergonzoso.

“Panamá para los panameños”, fue el grito de guerra de Arnulfo Arias en la década de los años 30 del siglo pasado, cuando lanzó su movimiento político. Hoy, lleva el mismo nombre un grupo que mantiene un activismo contra la migración que, todo hay que decirlo, creció sin control durante la pasada administración, como otro de los tantos negocios de Ricardo Martinelli y su combo.

Somos panameños sí, orgullos de ser hijos de esta tierra, aunque haya tantas cosas que hacemos mal. Y justo allí es donde no somos especiales, sino parte de una humanidad que se ha desgarrado tantas veces a nombre de una bandera, una fe o una alegada superioridad.

Por eso los discursos nacionalistas que excluyen al otro, que descalifican, que estigmatizan deben ser repudiados con energía. Por eso, los españoles demostraron ser mejores que sus gobernantes, al inundar las calles de todas las ciudades arropados sólo con el blanco de la paz, mientras le pedían a sus dirigentes y políticos dejar el discurso de división y odio.

Por eso, contra cualquier bandera y nacionalismo excluyente, solo queda apelar a nuestra humanidad. Es lo que lo que nos une.