Guatemala: las mujeres que no olvidan a sus desaparecidos

En un pequeño pueblo de Guatemala algunos de los 45.000 mil desaparecidos durante la guerra civil ahora podrán descansar en paz.

Las mujeres de Comalapa, ubicado en el departamento de Chimaltenango a unos 77 kilómetros al oeste de la capital guatemalteca, crearon un sitio para rendirle a los desaparecidos de la guerra de 1960 a 1996 el tributo que el Estado les ha negado pese a un pedido en ese sentido de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Tuvieron que pasar varios años para que las mujeres ahorraran y juntaran a través de donaciones el dinero necesario para comprar parte de un terreno donde funcionó un destacamento militar y adonde los soldados del ejército llevaban a las personas secuestradas que torturaban y luego asesinaban, según los informes de la Fundación de Antropología Forense de Guatemala, que hizo las exhumaciones.

Del destacamento antropólogos forenses y la población desenterraron a partir de 2003 los restos de al menos 220 personas. Tres de las fosas permanecen abiertas como un símbolo de la masacre perpetrada en el lugar.

Rosalina Tuyuc, una menuda mujer de 60 años, escarbó con sus propias manos la tierra buscando restos o fragmentos de huesos que pudieran recuperarse para ser sometidos a análisis de ADN y ser identificados. Tuyuc es la líder histórica de la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala, una organización de mujeres indígenas kakchikeles que se plantaron frente al ejército en los años 80 exigiendo que les dijeran dónde estaban sus familiares desaparecidos.

El ejército se llevó a su padre y a su esposo, quienes nunca fueron encontrados.

Tuyuc baja la voz cuando cuenta lo que pasó en el destacamento militar durante la guerra. “Aquí había siempre fuego”, dice al señalar una fosa, “había un lugar donde tiraban gasolina, los patrulleros decían cómo se oían los gritos de ellos (los secuestrados)”. 

En el lugar rodeado de árboles y maleza hay una casa grande o nimajay -en el idioma kakchikel- un lugar de memoria que contiene escritos sobre cruces los nombres de los desaparecidos. Afuera coloridos murales detallan las creencias de las mujeres kakchikeles y sus nahuales o espíritus que cuentan lo que sucedió. “Los murales fueron hechos a través de sueños”, dice Tuyuc al explicar que cada uno fue revelado oníricamente a las mujeres que luego contrataron a artistas para plasmar esas visiones.

El 21 de junio las mujeres velarán y enterrarán en osarios blancos los restos de 172 personas desenterradas del destacamento que los antropólogos forenses no han podido identificar. Un banco genético guardará muestras para en el futuro lograr encontrar a sus familiares.

En el sitio han apartado un nicho para Clyde Snow, un reconocido antropólogo estadounidense que participó en casos tan sonados como la muerte del presidente estadounidense John F. Kennedy, del líder nazi Josef Mengele y la investigación de la masacre de El Mozote en El Salvador ocurrida en 1981. Snow murió en 2014. “Él lo pidió en su testamento, que quiere que sus restos descansen aquí en Comalapa”, dice Tuyuc.

Uriela Cumes, una de las artistas kakchikel de 21 años, dice que a través de los murales “podemos reivindicar la existencia de las víctimas” y considera que recordarlas y rendirles tributo es importante para que jóvenes y niños conozcan la historia “y se informen a través del arte”.

En 2006 varias organizaciones defensoras de los derechos humanos presentaron un proyecto de ley para la creación de una Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Víctimas de Desaparición Forzada. Después de 12 años la iniciativa no ha sido aprobada.

La ONU documentó la desaparición de 45.000 personas durante los 36 años de guerra civil en Guatemala y el asesinato de otras 200.000. De acuerdo con el informe el 97% de los crímenes fueron perpetrados por el ejército guatemalteco y grupos paramilitares.