Berlusconi y Salvini, una extraña y fría pareja para gobernar Italia

Verborreico e irónico, el ex primer ministro Silvio Berlusconi moderó hoy una fría demostración de unidad de su coalición y garantizó su solidez a pesar de "pequeños problemas de diversidad", ante un adusto Matteo Salvini, que quiere su liderazgo.

Hoy era el día en que la coalición de derechas para las elecciones del domingo debía demostrar su discutida unidad, pues mañana cada uno de sus líderes cerrarán por separado sus campañas, excepto Berlusconi, que no tiene acto alguno programado.

Para ello se estrecharon las manos, sonrientes, sus líderes: el exCavaliere; el secretario de la Liga Norte, Salvini; la presidenta de la postfascista Hermanos de Italia, Giorgia Meloni, y el de la derechista "Quarto Polo", Raffaele Fitto.

Y se dieron cita en una pequeña sala del Templo de Adriano de la capital, a dos pasos del Parlamento, en un acto acogido con gran expectación mediática pero con un público escaso y poco entregado al que el ex primer ministro hizo reír en alguna ocasión.

La foto de la unidad era importante para tratar al menos de disipar las dudas sobre las divergencias en el seno de la coalición, sobre todo las que separan al anciano Berlusconi, de 81 años, y el joven Salvini, de 44, que pugnan por el liderazgo de la derecha italiana, a la que los sondeos no dan mayoría suficiente para gobernar.

De hecho horas antes el líder de LN repetía a Radio24 que, aunque Berlusconi no es su rival, en caso de ganar las elecciones exigirá ser primer ministro si su partido obtiene un voto más que el del magnate, inhabilitado políticamente, aunque sea "en los penalti".

La mediadora del acto fue, según confesó, la propia Meloni, que sentada a la derecha del político octogenario, consideró que "era importante que nos vieran juntos" después de varios días en los que "no hemos dado señales de total cohesión", subrayó.

"Al fin y al cabo el papel de las mujeres es ése, reunir a la familia", apuntó sonriente y mirando a sus socios.

El magnate también se refirió a la estabilidad de la alianza y aseguró que en su seno hay "una grandísima colaboración y confianza" pero que, "como es normal, se dan pequeños problemas de diversidad".

"Si no los tuviéramos no seríamos una coalición, sino un único partido. Es normal que cada uno trate de tener más votos para su propia formación", defendió, casi excusándose.

Pero si en algo se esmeró Berlusconi fue en romper el hielo con sus bromas, como cuando recomendó a las mujeres "pegar a sus maridos" antes de votar para no hacerlo movidas por la rabia o cuando animó a sus fieles a llevar a "las tías ancianas a votar".

Salvini asistió al espectáculo del "caimán" visiblemente serio y cuando este le invitó a tomar la palabra, como buen maestro de ceremonias pues moderó todo el debate estilográfica en mano, lo hizo para pronunciar un encendido discurso sin mirar a sus socios.

Se centró, sobre todo y como es habitual, en los peligros de la inmigración irregular y la globalización pero también en dirigir un furioso ataque a la Unión Europea (UE), a la que Berlusconi ha tranquilizado erigiéndose dique de contención del escepticismo.

El viejo tahúr conservador asistía a las palabras de su socio con seriedad, asintiendo y ojeando algunos papeles y, en alguna ocasión llegó incluso a interrumpirle con sus "barzellette", sus chistes, no siempre bien recibidos por Salvini, visiblemente molesto.

En el discurso de este último no hubo mención alguna a su repetido órdago, que será primer ministro si "sorpassa" a la "Forza Italia" de Berlusconi, a la vez que afirmó que "es inútil" repartir ministerios.

"Eso lo decidiremos el 5 de marzo", se limitó a apuntar sobre su papel en un hipotético gobierno, más cauto que en otras ocasiones.

En definitiva, la derecha quiso demostrar que está unida y que así seguirá gane o no los comicios, alejando los rumores de la disgregación de sus partidos para apoyar a otras fuerzas.

A ello se han comprometido, insistió Berlusconi, para quien "la primera regla moral en política es respetar los compromisos", dijo en un mensaje que sonó a aviso.

"Desde el momento en que seamos mayoría os garantizamos que nuestra lealtad será absoluta. Seremos una fuerza de agresión para todo lo malo que ha hecho la izquierda", avanzó.

La última palabra, como sucede en las grandes casas, la tuvo él, el verdadero "pater familias", y cerró el acto mostrando su propuesta estrella, el impuesto plano, repetido ya hasta la saciedad.

Y mientras repasaba con solemnidad la historia fiscal de los Estados Unidos de Ronald Reagan o las reformas de Margaret Thatcher, sus socios se entretenían con sus teléfonos o mirando al infinito. 

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