Adolescentes de caravana luchan por sobrevivir

Milagro de Jesús Henríquez Ayala se frota la barriga y sonríe por las patadas que da su bebé.

La muchacha salvadoreña de 15 años se encuentra en un refugio de Tijuana junto con su hermana de 13 años, Xiomara, igual que una cantidad indeterminada de jóvenes que se sumaron a la caravana que trató de ingresar a Estados Unidos y que quedó varada en esta ciudad donde abunda la delincuencia.

Las hermanas se plegaron a la caravana para tratar de reunirse con su padre, que las había dejado en Tapachula, al sur de México, en agosto, mientras él trataba de llegar a Estados Unidos.

Pero cuando llegaron a Tijuana, su familia en El Salvador les dijo que su padre había cruzado la frontera y había sido deportado.

Ahora no sabían qué hacer.

Milagro dice que ya no necesitan a su padre. Ella va a ser madre y siente que ha hecho de madre de Xiomara tras verse obligada a cuidar de ella.

En el sexto mes de embarazo, Xiomara y su hermana no se animan a trepar un muro fronterizo que tiene un alambre concertina en su cima.

Tampoco quieren ser deportadas a El Salvador, por más de que sus padres estén allí. En su país, pandilleros han golpeado a su padre y las amenazaron a ellas por haber ingresado a lo que consideran su territorio para ir a la escuela.

Las niñas viajaron con unas dos docenas de jóvenes con las que formaron un grupo aparte en la caravana, que llegó a tener 5.000 personas. Ya en Tijuana, el grupo se diseminó. Algunos cruzaron a Estados Unidos ilegalmente. Otros fueron detenidos en México y deportados.

Las hermanas pasan de un refugio a otro, temerosas de ser deportadas por las autoridades mexicanas. Fueron a parar a un hotel que cobra menos de dos dólares la noche, alimentándose básicamente con jugos y galletas.

Milagro se sintió débil y con dolores abdominales, por lo que fue a una sala de emergencia.

Desde entonces ella y su hermana han sido cobijadas por un pastor que convirtió su iglesia Misión Mundial Ágape en un refugio.

Está mejor y tiene un nuevo novio, un hondureño de 17 años llamado Josué Javier Medina Lucero, que le escapó a la violencia de las pandillas de su país y también formó parte de la caravana. Igual que las hermanas, no tiene papeles, lo que le dificulta conseguir trabajo.

El pastor Albert Rivera dice que está trabajando con el consulado salvadoreño para conseguir las partidas de nacimiento de las hermanas para que puedan pedir asilo en México, ir a la escuela y trabajar a tiempo parcial. También trata de conseguir una visa para que su madre se pueda reunir con ellas en Tijuana. Una mujer de San Diego ofreció pagar por el pasaje de avión de la madre.

Milagro querría que su madre estuviera con ellas cuando dé a luz.

“Nunca pensé que sería mamá tan joven”, dice Milagro. “Pero está bien. Le daré amor. Es lo único que se necesita”.

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