María Sofía Velázquez

No todo es lindo por los lados de las tallas pequeñas

A veces, cuando la bellísima gente que comparte mi serie de fotos en Instagram, me escribe y pone tantas cosas bonitas, pienso en las mujeres detrás de esos comentarios. Pequeñas pistas me dan ideas acerca de ellas. Sus fotos también me guían.

Los comentarios: "bella, preciosa, hermosa radiante, que bien lleva sus cuarentitantos", etc, etc.

Tanta foto con Photoshop, filtro, posadísimas, hechas por excelentes fotógrafos que hacen ver todo tan fácil.

La realidad es bastante distinta.

Yo tuve 13 años y me sentía fea. Y la verdad, lo era. Granos en la cara, frenos, inadecuada, fuera de lugar, rara. Ser una adolescente no es nada sencillo.

De los 16 a los 22 modelé, Guau, la MO-DE-LO. Sí... entre gordura y gordura. A veces algunos seres humanos (muchos) nacemos con una mente gorda. Y querer ser modelo no era algo que a mi mente le pareciera correcto.

Durante 6 años luché y luché. Pero seamos realistas: helado mata foto. Galleta mata pasarela. Hamburguesa mata comercial de TV.

En fin. Yo calculo que entre mis dos concursos locales, los internacionales, los modelajes y demás, debo haber subido y bajado unas 250 libras en total. En chorritos de subo 30, bajo 30, subo 10, bajo 10... y así.


¡Y ni hablemos del embarazooooo! Pesé 190 libras con mi metro setenta de estatura antes de entrar a la sala de partos.

Gastritis crónica y muy dolorosa, frecuente por la mala alimentación de tantos años de dieta, a los 40 años me puse en manos de Roland Carter Jr. y me salvo de esta gastritis contra la que nadie había podido. De paso, me quitó 25 libras. Ooooooh. Fabuloso.

Hace 6 meses salté la última valla a mis 47 años y perdí 20 libras más de la manera menos amable: stress, insomnio y anemia de hierro. Cuando me recuperé de mis preocupaciones, decidí no recuperar el peso y comencé a correr. Y a mantener las reglas de oro del Sr. Carter.

Me siento bien, sí. Me gusta lo que veo en el espejo. COMO TODAS, veo mis imperfecciones, tengo mis días en que no me gustó tanto, en que tengo el feo prendido, etc.

De todas maneras aparecen los comentarios por ahí de que estoy demasiado vieja y demasiado flaca. Me da risa: a los 20 años yo creía que una mujer de mi edad era una anciana. Eso no ha cambiado, por lo visto. Ser tontos sigue siendo algo muy veinteañero.

Demasiado flaca. Eso JAMÁS será un insulto para mí.


Tengo claras dos cosas en este tema de la flaquencia y la gordura: 1. ahora que llegué aquí (y que me tomo fotos como loca por el trauma de amanecer gorda de nuevo como por arte de magia) pretendo mantenerme así permanentemente. 2. El día en que desaparezca de la faz de la tierra, mi espíritu se elevará de mi cuerpo de zumba y apio y será gordito, redondito, sonriente... porque no hay nada más rico que comer, y él lo sabe.

Mis queridas luchadoras contra la balanza, mis queridas curvys, mis queridas queridísimas que luchan cada día por un esquema absurdo que nos ha hecho sufrir demasiado por tanto tiempo: la belleza no tiene talla. No lo olviden. Estamos todas juntas. Unas sufriendo más, otras menos. Otras con más éxito en sus metas, otras que pelean con enfermedades que detienen su pérdida de peso, otras que se tropiezan siempre con el mismo carrito de empanadas, etc. Pero estamos todas en el mismo tren, ese que debería ser el de la felicidad, no el de la flacura.

La salud es lo más importante. El peso afecta la salud. Eso es así.

La ropa es más cómoda con menos libras. Eso es así.

Pero no olvidemos JAMÁS que la felicidad no pasa por allí. Es un viaje del ego verse bien. Eso es todo. ¡Besos!